El día a día de un tricólogo
En la consulta de tricología me puedo encontrar con todo tipo de emociones. Normalmente, los pacientes comienzan a hablar con escepticismo, tienen dudas, están decaídos, algunos se sienten solos e incomprendidos, a pesar de que la alopecia afecta a un gran porcentaje de la población, tienen miedo a la cirugía. Están confusos cuando se les explica el diagnóstico, el tratamiento o el procedimiento quirúrgico. Tienen dudas sobre el éxito de éstos, puesto que los resultados tardan meses en ser visibles o por experiencias negativas personales o ajenas. Así, mi trabajo combina una parte subjetiva en la cual tengo que ponerme en la piel del paciente y una parte objetiva en la que, como todo médico, tengo que poner sobre la mesa los datos médicos y las posibilidades reales de éxito de los procedimientos. Porque, aunque a ningún paciente le guste escuchar esto, también hay casos a los que los cirujanos ya no podemos ofrecer las soluciones deseadas. Este es uno de los momentos cuando, como médico me siento exhausto y derrotado, pero la mayoría de los días, a pesar de ser intensos, me llenan de energía e ilusión, después de una cirugía bien hecha y un paciente cuya vida haya mejorado. Esto se convierte en algo parecido a una “adicción”, siempre quieres volver a regalar parte de lo que te han enseñado para cambiar la vida del paciente y de los que lo rodean.
